jueves, 27 de agosto de 2015

Gajes del oficio periodístico


Tenía yo muy poco tiempo de haber entrado a laborar como reportera al periódico El Imparcial, era muy joven e intrépida, sentía que podía sacar adelante cualquier nota o reportaje.

Un día normal de trabajo se convirtió para mi en uno de los días más memorables y conmovedores que he pasado a lo largo de mi vida.

Lo recuerdo bien, era un domingo por la tarde y me preparaba para salir de la oficina de redacción rumbo a mi casa para descansar antes de iniciar el lunes, pero una llamada evitó que me fuera.

Mi editor me mandó llamar, me comentó que finalmente después de varios meses en agonía, un joven de 19 años había fallecido al no superar las heridas que sufrió en un choque en el que había participado.

El caso fue muy sonado en Hermosillo, Sonora, cinco adolescentes habían salido de fiesta a la playa de Bahía de Kino, bebieron alcohol y decidieron regresar a sus casas en ese estado.

En la carretera tuvieron un fuerte accidente que acabó al instante con la vida de cuatro de ellos, el último pasó cerca de dos meses en estado crítico en un hospital local.

Mi jefe me solicitó acudir al Panteón Municipal donde sería enterrado el cuerpo, ahí debía buscar reacciones de los familiares y hacer una nota para tratar de hacer conciencia en el resto de la población sobre lo que ocasiona beber y conducir.

De momento pensé que lo podría lograr, pero conforme me acercaba al cementerio le daba vueltas a mi cabeza pensando cómo podría llegar con esa familia y así de la nada pedirles declaraciones, me empezaba a mortificar.


Finalmente llegué, sola, cansada, asoleada y agobiada por el calor del verano y también por el momento tan incomodo que me tocaría vivir.

Los familiares, amigos y conocidos del jovencito rodeaban su ataúd, le lloraban y en un carro pick up con las puertas abiertas, programaban la música favorita del muchacho.

De no ser por mi grabadora y libreta en mano, hubiera pasado desapercibida, la gente se comenzó a inquietar con mi presencia, hacían comentarios y yo me iba haciendo chiquita, estaba invadiendo un momento de dolor ajeno, yo no tenía derecho a estar ahí, era muy comprensible la molestia.

Ubiqué a alguien que no me observaba con odio para pedirle ayuda, era una joven prima del fallecido, le dije que necesitaba hablar unos minutos con la madre de familia, quien por supuesto no quería alejarse del ataúd de su hijo y no cabía en su dolor ¿Qué estaba haciendo yo ahí? Me dolía estar en ese lugar y  pidiendo una entrevista.

La joven se acercó a su tía y le dio mi mensaje, otros familiares escucharon y fueron a reclamarme, pero la señora fue a calmarlos y estuvo dispuesta en medio de su dolor a dar un mensaje a la población.

Me dijo que por favor pusiera en mi nota que no manejaran borrachos, que no deseaba el dolor que ella tenía para ningún papá, recordó a su hijo como un muchacho alegre y amiguero, se me partía el corazón.

Agradecí a la señora, me disculpe por estar ahí en ese momento y molestarla, le dí el pésame y salí del lugar, me sentía muy mal, pero utilicé ese sentimiento para redactar mi nota en el camino a la oficina.

Dejé mi material para que fuera publicado y me retiré a mi casa ya entrada la noche, seguía con esa congoja de ver sufrir a muchas personas por la muerte trágica de prácticamente un niño.

 Al día siguiente vi que mi escrito ocupaba un espacio en la portada del periódico que se distribuye a nivel estatal, mi jefe se acercó a mi y me comentó que eso esperaba de la nota, algo emotivo para crear consciencia, yo seguía con el corazón estrujado. 

Ese tipo de situaciones las llevo muy guardadas en mi memoria porque representan un aprendizaje enorme y no hablo de lo profesional solamente, sino como persona, quienes hayan pasado algo similar me entenderán.